¡Oh! Soberana Reina, Madre,
y Señora de todos nosotros,
los más humildes y desamparados:
Se complace mi alma en Ti,
y en la grandeza de tu poder y elevación.
Soy indigno vasallo y devoto tuyo,
y he merecido infinitas veces
la indignación de tu amado Hijo, mi Redentor,
por mis culpas y pecados,
y aún así te suplico que me recibas
bajo tu manto, amparo y protección,
pues eres Santísima Madre mía,
la firme áncora de mi esperanza
en los peligros y contratiempos de la vida.
Recíbeme Señora, pues estoy desamparado,
para que de ahora en adelante
mi corazón os rinda un devoto cumplimiento
a vuestras virtudes excelsas,
y seré humilde, atento y puntual
reconociendo las divinas leyes que rigen
los destinos de la vida eterna.
